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domingo, 23 de marzo de 2014

ILLUSIA, donde los sueños calzan botas

LA ESCALERA SIN PELDAÑOS/ DE LO IMPOSIBLE A PRIORI...

Foto tomada y editada digitalmente de su gnomo hechicero
(recuerdo de Mallorca) por un servidor :D

En mi mundo los caballos se cansaron de sus sucias cuadras, de la alfalfa y los sillares, embutiéndose en alas que los llevaron a los terrones de caramelo que se ocultan tras los arcoíris de Ériu*.

En mi mundo ya no hay gnomos de jardín, pues hace eones que formaron una cuadrilla de guerreros de sendos cascos puntiagudos para conquistar los jardines ocultos tras el parterre donde las mariposas oyen sus gestas.

En mi mundo los trovadores se cansaron de componer largas gestas o peroratas heroicas, porque los héroes en carne y hueso deambulan por doquier ya sea a lomos de titánicas Águilas o en pos de doncellas sin don.

En mi mundo las princesas no lloran sus vidas ni se dejan largas trenzas de incienso, porque sus vidas son suerte de encantos, de brujas o magos que mendigan su belleza y les otorgan los cien dones.

En mi mundo los dragones se cansaron de escupir fuego atrapados en las páginas de grimorios vetustos, ya no quieren sus tesoros, sólo viven de su vuelo, a mil pies de grandes lagos donde sonríen a sus dobles.

En mi mundo las viejas no yacen postradas en catres sumisas, son malas de cuento que ansían el brío infantil, la belleza y pureza; o las hadas madrinas que elaboran las recetas que curan el mal de las ruecas.

En mi mundo las hadas y elfos se cansaron de esperar en los bosques a que cualquier niña crédula las atrape en su red, porque hay grandes árboles que precisan de su polvo de hadas para crecer más y mejor.

En mi mundo las caracolas de mar no son pedazos de plancton inertes o coladores de viento, sino que se deslizan sinuosamente en los lechos mandarinos, creando con su arrastrar las tonadas del mar.

En mi mundo los patos y ciervos se cansaron de no ser comprendidos por la raza humana, se construyeron hogares en la base de recios Robles, mas se preocuparon de ir a la moda con bufandas de lavanda.

En mi mundo los caminos no son sinuosos o cruzan bosques oscuros o cementerios cipreses, los caminos confluyen con el cielo y te permiten andar de cabeza o conducir en las barbas de Poseidón.

La amargura mas la envidia o lisonja las cambié por los tambores que siempre dan su do de pecho, cuando vienen las hermanas, Alegría o Melodía. Son sus pícnics muy famosos y atraviesan las fronteras, pues acostados de costado el mar queda por encima y el firmamento por debajo.

Las distinciones o clases las cambié por semejantes, todos dignos de escuchar y sorpresas por igual, porque sin sobreestimas ni subestimas, todos nos divertimos más. Son los silencios elocuentes y cargados de misterio, pues casi siempre me estremezco entre tiznes de la hoguera.

Las noches las cambié por los días y los días por Morfeo, ¿imaginas noches de sol y sombras junto con días de lunas varadas en la orilla remojando sus largas piernas de plata? Son visiones estelares y se venden en postales, pues las cámaras flashean con sus zooms a todo tren.

Las distancias sólo mitos o canciones de otra época, al alcance de mi mano en alfombras voladoras o en transportes vulcanianos, siempre a tiempo a la cita con amigos en las letras, siempre a fuego, siempre incierto los finales de su orquesta que comanda a las teteras a la testa de la fiesta.
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* diosa gaélica, Irlanda

JUAN M LOZANO GAGO (C) Todos los derechos reservados (del texto y la fotografía)


 
Limahl - Never Ending Story
 

viernes, 4 de octubre de 2013

Oldhoney y el Invierno


La ancianita de cabellos color platino, otrora una bella bruja de largos cabellos negros como la noche —y a decir verdad ése era su verdadero aspecto y el otro... pues el aspecto que se le supone a una abuelita entrañable de cuentose movía en un continuo vaivén sobre su chirriante mecedora. El enorme gato de pelaje carmesí y ojos de aguamarina ronroneaba sobre sus piernas y de vez en cuando alzaba el párpado derecho para afianzarse de que su dueña aún seguía con vida. A su lado, sobre una renqueante mesita redonda cubierta con un tapete de ganchillo amarillento, una humeante taza de café recién hecho avisaba en silencio de que poco a poco estaba enfriándose. Y la anciana se decía: Me he dejado la dentadura postiza en el cuarto de baño.

El gato, apodado Medwing, estaba bastante gordo y acostumbrado a los mimos de la ancianita, que era una experta en el uso de hierbas y todo tipo de medicinas naturales. Era conocida en la región como Oldhoney, y muy querida por sus remedios. Encima de la chimenea descansaba su escoba. El crepúsculo era de un azul vivo y no había nubes en el horizonte. Parecía que sería una noche más hasta que un vecino de la comarca vino preocupado con una mujer embarazada...

Oldhoney, vieja clueca, ¡despierta! ¡Desentumece tus huesos herrumbrosos! voceó el gato estirando las uñas en la ajada piel de sus piernas. La anciana chilló, fastidiada y dolorida.

¡Maldito gato obeso y malencarado! ¡Ya te daré yo una patada en el...!

¡Oldhoney! oyó que el leñador llamaba desde la puerta de la casa. La anciana frunció el ceño, se levantó torpemente de la mecedora y atendió al hombre, que, pálido y desencajado, comenzó a contar un extraño relato:

Esta dama embarazada de siete meses ha estado vagabundeando muerta de frío y hambre por los bosques de Alarnith, Oldhoney. Y los Oscuros la buscan para matarla. ¡Logré encontrarla antes de que sucediera una calamidad!

Oldhoney presintió que ésa iba a ser una noche crucial. La dama, de largos y rizados cabellos dorados, irradiaba una luz nunca vista en aquellos parajes. No semejaba ser de aquellas tierras.

Querida, no te quedes en la entrada, no tienes buen aspecto. Pasa a mi humilde hogar la invitó la bruja. La confortable cabaña de roca con tejado de nogal desprendía un fuerte olor a leña recién cortada. Aún siendo modesta, estaba plagada de detalles curiosos: tarros de cristal que contenían todo tipo de ingredientes irreconocibles, calderos de varias medidas o toda una colección de grimorios de magia de todos los niveles.

Necesito una noche donde calentar mis entumecidos huesos y un brebaje que me calme el dolor dijo la dama. Su voz, apenas un hilo, conmovió a la vieja bruja, que rauda y veloz, fue a por su escoba.

Pórtate como un gato educado, que para eso te he estado enseñando a ser respetuoso con los forasteros, así que no hagas de las tuyas durante mi ausencia. He de consultar algo en el Espejo del bosque, él me dirá qué hacer, ¡pero me barrunto que de este futuro bebé dependerá la suerte de Oddland! dijo la bruja.

En un abrir y cerrar de ojos, la escoba arrancó soltando algo de humo anaranjado con olor a azufre que hizo llorar los ojos al orondo gato, y la escoba se perdió tras unos grisáceos nubarrones que cruzaban la colina.

A sus pies el bosque se expandía sobre la tierra como un gigantesco manto pardusco bajo cuya protección cientos de animales veían su hogar a salvo de la mano del hombre. Pero Oldhoney se hallaba inquieta mientras el viento movía sus blancos cabellos y su escoba, siempre diligente, la llevaba hacia el norte del bosque, donde el Espejo dormitaba a la espera de algún valiente que se atreviera a mirar en sus arcanas entrañas. Al fin, descendió sobre los vientos y aterrizó elegantemente en un verde claro rodeado de dorados dientes de león. Allí halló el Espejo del Bosque, una gran esfera de plata y acero en cuyo interior se decía podría hallarse la respuesta a los interrogantes sobre el futuro.

El espejo plateado se deshizo ante sus ojos y el metal fundido reveló la respuesta:

Hubo una vez un lejano y próspero reino, pero el Invierno extendió sus largas alas sobre él, helando a sus habitantes... A todos, menos a su bella reina, que, impotente, contemplaba la desgracia que se había cernido sobre su querida Eaglestone, donde nació y creció feliz.

Vagó por valles y laderas, buscando ayuda y cobijo. Embarazada como estaba, y sin nada que llevarse a la boca, fue hallada por Bill, el leñador, que la trajo entre sus brazos hasta la cabaña de Oldhoney.

Dime, espejo dijo la vieja. ¿Qué debo hacer?

Una niña que portará el sol en sus manos nacerá, y su luz derretirá el mal que nos acecha. El invierno se hace cada vez más fuerte y pronto el hielo y la escarcha serán sus aliados en los confines de este mundo replicó el Espejo.

La vieja, con cara circunspecta, supo entonces qué hacer. Introdujo su consciencia en la mente de su águila Pat, y, a través de sus ojos, oteó miles de hectáreas en busca de la flor Ayris, capaz de dar las energías necesarias a aquella pobre mujer.

¡Aún queda un mes para el nacimiento de la criatura! se lamentó Oldhoney frente al espejo, como si éste fuera capaz de consolar su repentina flaqueza . El mal acechante podría acabar con la reina antes del advenimiento de la niña.

Pero el Espejo enmudeció. Invadida por un coraje repentino, mandó llamar con la fuerza de su mente a Pat, y ésta, obediente, arribó en el claro del bosque.

Has de llevarme adonde la flor Ayris reside, amiga, pues nada hay en el mundo que pueda ayudar a nuestra reina para que dé a luz sin que los Oscuros la acechen.

Pat alzó su testa a los cielos e instó a la anciana a que alzase con ella el vuelo. Pasados unos segundos, el bosque volvió a quedar bajo ellos. Y el brote de Ayris, callado y quieto, esperaba a que Oldhoney la encontrara. Finalmente, a orillas de un arroyo de aguas diáfanas, la anciana la halló.

Has de venir conmigo, hermosa flor de pétalos de nácar, pues la reina que en su seno oculta a nuestra salvadora requiere tus servicios.

Y así fue como Oldhoney recuperó uno de los últimos ejemplares de esta extraña planta de colores ambarino y rosa. Pat reveló a la anciana como el manto gélido iba cubriendo cada vez más extensiones a su paso, congelando los débiles corazones de los hombres. Comprendió entonces que tanto la reina como su futura hija albergaban cálidos y puros sentimientos contra los que el cruel Invierno no había podido batirse en liza.

Llamó a su escoba que andaba revoloteando traviesamente y dejó con delicadeza a Pat en la orilla del cristalino arroyo, y guardando la flor con premura en un bolsillo del traje, reemprendió el vuelo. Allí esperaba la dama recostada en unos cojines que Bill había acomodado junto a la chimenea.

Tráeme el mortero, rápido dijo al gato. Y con los polvos obtenidos preparó un bebedizo que hizo tomar a Odana, la reina de aquel remoto país. Ésta tosió bruscamente para luego caer en un profundo sueño. No obstante, la palidez de su rostro desapareció, y simulaba estar en un dulce trance.
 
La reina Odana

Los Oscuros ¿podrán atacarla estando aquí? preguntó el ignorante leñador que, como todos los profanos, no conocía las propiedades de la flor Ayris. La anciana le miró con sus ojos claros y chasqueó la lengua como fastidiada ante la irremediable explicación.

No, Bill, de ningún modo. La flor combate la oscuridad desde dentro del corazón y desde fuera de él. No podrán nada contra Odana.

Pasaron días y semanas, y la criatura en su vientre crecía y se retorcía, barruntando ya su glorioso nacimiento en el humilde hogar de la afable Oldhoney. Y pasado un mes la madre rompió aguas. Dando a luz a su pequeña, y ésta, envuelta en un halo de luz plateada, pareció anunciar el ocaso de un Invierno que parecía eterno.

Te llamarás Silverana Lightness como tu abuela afirmó Odana con ojos sollozantes—. No hay duda de que eres su viva imagen, mi preciosa niña.

El gato, feliz, trepó a la mecedora y comenzó a ronronear.
 
Muy lejos de Oddland, el Invierno continuaba avanzando inexorablemente, transformando los prados en níveos terrenos. Los Oscuros, que no eran más que la materialización incorpórea de las pesadillas, debilidades y flaquezas de los hombres, recibieron las órdenes de acabar con aquella niña que ponía en peligro a Lady Winter, una implacable mujer de ojos transparentes y carentes de vida, incapaz de sentir.

Pero ya nada podía hacer... sino aguardar su destino sentada en su trono de granizo.

Y fue así como llegó el día en que Odana y su hija, acompañadas de Oldhoney, regresaron a Eaglestone.

Deprisa, deprisa, no podemos dejar escapar la oportunidad que los dioses nos han concedido gritó la bruja con cierta inquietud. Los efectos de la flor sólo permanecerán durante veinticuatro horas más.

A su llegada, Lightness, oculta bajo una manta, fue descubierta ante el asombro de Lady Winter, que no pudo soportar la intensidad de aquellos ardientes ojos.

Nooo... la oyeron llorar. Su antes congelado corazón no logró resistir la amalgama de emociones que acudían a su encuentro y que nunca había experimentado: amor-odio, alegría-tristeza, valor-miedo, esperanza-angustia.

¡Ejem, ejem! farfulló Oldhoney. Creo que nos hace falta una buena fregona para limpiar el charco que el Invierno acaba de dejar delante de nuestras narices.
 
A lo que todos sonrieron dichosos.

Y es que el mal es mezquino y estúpido, y, como tal, debe ser tratado en su justa medida.

*****


JUAN M LOZANO GAGO  ©
 

miércoles, 19 de junio de 2013

ZENDRA Y EL REINO IRRADIADO


Zendra anhelaba encontrar la luz más que ninguna otra cosa en el mundo. Zendra era una mujer o al menos lo fue una vez... No recordaba cuándo fue el punto de partida de su aciaga existencia, ni siquiera si hubo un principio. ¿Miles de años quizás? Ya nada importaba, sólo ella y su espejo reflectante de mundos.

Zendra tendría una edad que podría pasar por unos treinta años, si bien, los molinos de viento de sus ojos eran un pozo abismal e inquietante. Si las sombras pudieran materializarse en un objeto físico, no habría mejor ejemplo de ellas que su perturbadora y fulminante mirada. Sus ojos negro azabache eran más negros que la misma oscuridad, inclusive más que el mundo de tinieblas al que había sido relegada hace ya una eternidad. Todo era gris. Infinitos tonos de grises para ser exactos, llenos de matices. Todo un abanico de colores que recreaban un entorno mortecino y sin vida: arbustos grisáceos cuyas sombras se cernían sobre las plomizas llanuras, al tiempo que un aire viciado con olor a almizcle y más denso que la nieve adquiría casi su propia identidad.

Zendra desconocía el nombre de aquel extraño mundo que habitaba. Su casa estaba repleta de habitaciones unidas entre sí por laberínticos pasillos, escaleras de caracol dominaban la estancia aquí y allá. En el exterior junto al bosque de pétreos cipreses tenía un pequeño huerto de tomates..., sí, grises. También había diminutas flores de formas indescriptibles en un pequeño jardincillo que presidía la vetusta y sólida puerta de madera envejecida.

Ignoraba en qué momento fue llevada al Reino de las Sombras, o más bien no era capaz de recordar el evento que desembocó en su desdichado destierro.
 
La inhóspita mansión no era lo que se podía decir un cálido hogar. Sólo tenía por compañía a un pequeño hámster que se paseaba todos los días a partir de las once y media de la mañana, para luego confundirse nuevamente con el nebuloso tabique. Este dato sería puramente anecdótico si no fuera porque este matinal evento le hacía rememorar que en sólo treinta minutos tronaría el reloj de pared del salón, cuyo estruendo inundaba todo el lugar. Era entonces cuando las reglas de la física no parecían tener aplicación en ese mundo; las vibraciones provocadas por cada uno de los tañidos del reloj desdibujan la realidad, que se quebraba y combaba sobre sí misma, ahogada en la penumbra inyectada en toda y cada una de las cosas que la rodeaban.

Justo en ese instante y durante unos minutos más el espejo se iluminaba y podía mirar en su interior. En la parte inferior del marco de plata unas extrañas runas venían a decir lo siguiente:
 
El camino sólo se abre para quien sabe ver más allá de uno mismo.

Por supuesto, ella no supo descifrar en un primer momento los caracteres rúnicos, del mismo modo que tampoco sospechó del porqué del insidioso recorrido que realizaba el hámster cada día cuando se aproximaba la hora. Pero un día siguiendo al albino roedor, se perdió en un ala de la casona que no había visto antes. Allí sobre una mesita nacarada descubrió un tomo algo voluminoso, cuyo lomo anunciaba: El arte de las runas y su estudio vital. Ni decir que su estudio le hizo perder mucho tiempo, pero qué era el tiempo para ella, sino insignificantes briznas en el campo que podía arrancar a su antojo.
 
Ese día estaba decidida a mirar el espejo con todas sus fuerzas. No pasaría otra vez lo mismo que en anteriores y decepcionantes intentos. Algo era diferente en esta ocasión. Estaba segura de que contaba con todo lo que hacía falta para ver con los ojos del corazón: arrojo, convencimiento, sabiduría y tenacidad, y perforar así el velo de oscuridad que cegaba su comprensión.

El espejo irradió una luz fulgurante, y en lugar de reflejar sus facciones y sus largos cabellos ondulados que arribaban hasta la cintura, vio por primera vez, o al menos eso creyó, un color distinto del gris. La pared pintada de un blanco luminoso sobre la que incidían los rayos solares del mediodía desbordó el iris de sus retinas. Unas cortinas verdes enmarcaban los ventanales situados en la pared opuesta, y la fragancia de unas rosas rojas que yacían colocadas con esmero en un jarrón de porcelana penetraba a través de sus fosas nasales. La habitación permanecía en silencio, pero era un silencio colmado de quietud.

Inclinó su cabeza para tratar de ampliar su campo de visión, y sin querer apoyó sus frágiles dedos sobre el cristal, que para su asombro se rompió, estallando en mil pedazos, que se esparcieron por el suelo con violencia. Su mente comenzó a trabajar contra reloj: pensamientos arremolinados y arrinconados en recónditas áreas de su cerebro se apoderaron de ella, sus recuerdos se estampaban contra su ser frenéticamente, pasajes, rostros, risas, sensaciones, voces, etc.; posiblemente sólo habría una oportunidad para...

— ¡Sandra, Sandra! —gritó una voz angustiada y sorprendida que se acercaba en la distancia.

Zendra dirigió su mirada hacia la mujer y entonces se dio cuenta de que ya no contemplaba la escena desde el otro lado del espejo.

— ¡OH, mamá! —sollozó Sandra— ¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Dos años, hija mía —le contestó la madre con júbilo.

Zendra lo había logrado, había conseguido abandonar El Reino de las Sombras. Todo había sido una pesadilla, producto de su estado. Su mente enjaulada y aprisionada había elaborado una realidad alternativa de penumbras, a la que ciertas partes de su cerebro se resistían con afán.


En ese instante percibió que un objeto le pesaba en el bolsillo de su bata. Introdujo su mano allí y extrajo un pequeño libro titulado: El arte de las runas y su estudio vital, edición de bolsillo. Bueno, lo recordaba más grande, pero nunca supo cómo se vino consigo.

*Zendra es Sandra
 
Juan M Lozano Gago ©