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martes, 11 de junio de 2013

La partícula de Dios

El pasado 29 de mayo todos nos enterábamos de que los descubridores del bosón de Higgs, los físicos Peter Higgs y François Englert, junto con el CERN (Laboratorio Europeo de Física de Partículas), eran galardonados con el Premio Príncipe de Asturias.
 
Hace un año aproximadamente los medios de comunicación, centrados en aquellos días en noticias económicas para variar o en la final de la Eurocopa y la victoria de España frente a Italia, se hicieron eco de una noticia no menos importante, y diría que, a mi juicio, uno de los grandes descubrimientos de la ciencia moderna.
 
Se ha demostrado al fin la existencia del "bosón de Higgs", partícula básica propuesta por Peter Higgs en 1964 que estaría en la raíz de todo lo que existe en el Universo, incluyéndonos a nosotros mismos, por supuesto. Dicha partícula, conocida popularmente como "La partícula de Dios", haciendo referencia al "ladrillo" primigenio que sustenta la materia, formaría en teoría una red invisible que interaccionaría con todas las partículas con masa.

Remontándonos algo más atrás en el tiempo, a los propios orígenes de la física cuántica (años 30 del pasado sg. XX), vemos como ésta surge de la pregunta: ¿es la realidad tal y como la apreciamos? Su nacimiento responde a la necesidad de dar explicación al comportamiento irregular de las partículas elementales del átomo. Las fuerzas propugnadas por la física clásica no bastaban para argumentar por qué estas partículas, que se suponía debían de seguir una trayectoria y velocidad constantes, de pronto desaparecían y volvían a reaparecer, variando su rumbo o velocidad. Estas partículas en sí mismas irreales, dada su imprecisión existencial, pueden actuar como ondas en un momento posterior o incluso anterior.
 
Más adelante fue formulada la conocida "Teoría de Cuerdas" (véase El Universo Elegante, libro escrito por el doctor Brian Greene), que trata de conjugar la teoría de la Relatividad con la mecánica cuántica. De este modo, distintos matemáticos con mayor o menor acierto, llegan a demostrar, a través de diversos y complejos teoremas que engloban todas las fuerzas físicas conocidas junto con otras puestas de relieve ad hoc, la existencia de esta red invisible que hace posible que los astros no se vean atraídos unos por otros por la fuerza de la gravedad. Como si de una telaraña inmensa se tratase, todo permanece en el lugar adecuado, proporcionando un orden a lo que a priori puede resultar caótico. Aquí entraría en juego el bosón de Higgs, cuyo comportamiento ya es explicado dentro del marco de la relatividad espacio-tiempo: partículas interdimensionales que se mueven en diferentes realidades paralelas (hasta 13 según los últimos hallazgos matemáticos), saltando de una a otra, pero coexistiendo en un mismo espacio, ejerciendo su propia fuerza sobre la materia, distinta de la gravedad.
 
Pues bien, el acelerador de partículas subterráneo de Ginebra construido con el propósito de reproducir las condiciones del Big Bang a una escala muy reducida (única forma posible de poder hallar físicamente las partículas exóticas que estarían en el origen de la existencia de todo), ha dado finalmente sus frutos. El 4 de julio de 2012 los científicos del CERN afirmaban que habían descubierto el bosón de Higgs. Todo indica que si no es el bosón de Higgs, es algo que se le parece mucho.

La sincronicidad, premonición, el viaje en el tiempo... y muchos otros campos quedan ahora abiertos a la investigación. Sólo es el principio de un nuevo camino que el ser humano ha de recorrer.
 
Todos nosotros estamos entrelazados, formando parte de una misma pieza musical que el universo interpreta mediante unas supercuerdas, propagando unas ondas gigantes que nos hacen vibrar.
 
 
JUAN M LOZANO GAGO ©
 


Mike Oldfield - Aurora