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lunes, 24 de marzo de 2014

Escindidos (relato)



Julia llevaba una semana de perros, su cara estaba demacrada y apenas podía reconocer su semblante en el espejo. Sus amigas Margot y Adriana le habían insistido mucho en que pasara la primera semana de Junio en Italia, pero no se esperaba ni por el asomo el calor bochornoso que hacía del asfalto una parrilla.

Pero lo peor había sido aquel recorrido en moto por los suburbios de Roma. No, no les bastaba con haberla hecho tragar piedras y más piedras, y, si bien el Vaticano la había llegado a entusiasmar con su Columnata y sus fuentes de agua congelada, gracias al antiguo sistema de cañerías romanas que las protegía de las inclemencias del astro rey, la accidentada travesía por el empedrado de sus callejuelas le había descolocado sus esquemas mentales.

Pero retrocedamos unos días...

Julia recibió un mensaje de voz en su móvil en el que Margot, su mejor amiga de la infancia y de ascendencia francesa, le comentaba lo que sigue.

Julia, no te lo vas a creer. Adivina, estamos alojadas en un hotel en el Trastévere y Adriana no deja de preguntar por ti, bueno, no, no es ella, es su primo, pero estamos deseando verte. Y no nos vengas con la excusa del divorcio, te conviene divertirte un poco. Sólo tienes que imprimir la reserva, está todo en el e-mail que te acabo de mandar. Arrivederci.

Y Julia finalmente no pudo resistirse a tan tentadora invitación, sobre todo, cuando en su horizonte no había más que cajas y más cajas preparadas para la mudanza. Y pensó, “¿por qué no? Siempre he acatado las normas y no he hecho otra cosa más que lo que se esperaba de una publicista resignada”. Así que cogió una mochila en la que introdujo un par de vaqueros agujereados por las rodillas y varias camisetas ajustadas que le daban un aspecto fresco y desenfadado.

Una vez en Roma, un autobús la reunió con sus amigos. Sólo portaba la mochila, no quería traer nada innecesario que la agotara. Y apenas puso un pie sobre la acera, oyó los gritos de Margot.

—Julia, te ves impresionante, los kilos de menos te sientan de maravilla —dijo con efusividad.

—Ya ves, Margot, el secreto está en tener un poco de tiempo para una misma, aparte de un par de disgustos —sonrió ácidamente.

—Adriana está deseando presentarte a su primo Vincenzo. Desde que se enteró de que tenía una amiga americana, no deja de acribillarla a preguntas sobre ti, tu aspecto, tu edad, etcétera, etcétera.

— ¿Un primo? No recordaba que tuviera un... No será... Ya lo tengo, el chico regordete que aparecía en las fotos del Campus, cuando éramos adolescentes.

—Pues a decir verdad, no tengo la más remota idea —le replicó su amiga mientras le decía que no a una vendedora ambulante que insistía en colocarle una rosa en el pelo— Pero eso no es lo importante. ¡Vincenzo tiene un barco en el puerto de Civitavecchia, a unos ochenta kilómetros de la ciudad y ha accedido llevarnos a su estudio en Capri!

Déjame tomar antes un baño, traigo los pies destrozados, y la camiseta empapada en sudor —contestó Julia estresada, mientras se secaba la frente y se recogía su larga melena ondulada en una cola por detrás de la nuca—. Al menos he traído mi mejor cámara. A fin de cuentas este no va a ser un viaje tan aburrido.

—No te preocupes por eso. Adriana y su primo han quedado con nosotras tras el almuerzo en las inmediaciones del hotel, y aún tenemos toda la mañana para relajarnos, tomar un helado o echar monedas en la Fontana. ¿Tienes algún deseo, pillina? —apostilló en tono de burla. Y es que el hecho de que Margot acabara de cumplir los treinta no había mermado su capacidad para meterse en líos y cometer locuras.

Tras haber comido una pizza napolitana que poco difería a su juicio de una congelada, se instaló en su habitación. El aire acondicionado no conseguía enfriar la habitación con sus escasas frigorías, lo que aceleró la tan ansiada ducha. Se libró de sus ropas en un santiamén y se colocó en el plato, sintiendo como el gélido líquido le acariciaba todos los recovecos de su cuerpo. Entretanto arreglaba sus azabaches cabellos frente al espejo que le devolvía la mirada cristalina de unos ojos color de mar, fantaseaba con cómo sería ese primo. De seguro, estaría aún más gordo o estaría empeñado en enseñarle Capri palmo a palmo hasta dejarla exhausta, o ambas cosas.

“Bien, bajemos a la Tierra”, se dijo. Adriana y Margot charlaban animadamente, hasta que el ruidoso motor de una moto que escupía humo las interrumpió. Y allí estaba él. Con una cazadora de cuero negra, y unas gafas de sol que dejó entrever unos ojos parduscos que se clavaron en su rostro. No con sorpresa, sino más bien con la mirada apasionada y dulce de una persona que te conoce (y te quiere) de antes. Mucho distaba su físico de la imagen que se había fijado en su memoria. Se trataba de un hombre de complexión ancha, pero delgado y de mediana estatura.

Julia, impactada, no logró pronunciar palabra alguna, mientras sus mejillas parecían sonrojarse por momentos, quizás por el juicio erróneo que se había creado del muchacho a priori.

—Ciao, bella ragazza —dijo él tomando la iniciativa—. También hablo inglés, así que no tendremos problemas para charlar largo y tendido —su voz grave sonaba segura y jovial.

—Encantada de conocerle, Señor Vincenzo. Le agradezco su invitación, pero creo que se está haciendo tarde. ¿No deberíamos dejar lo de Capri para otro día? Es que verá, no sé si seré una molestia para usted —parecía insegura y azorada.

Obtuvo por respuesta el silencio. En cambio percibió como sus manos la sostenían por la cintura y la aproximaban lentamente a pocos centímetros de sus labios, fue un instante fugaz en el que pudo sentir su cálido aliento. Pero fue él el que retrocedió como si temiera revelarle un secreto inconfesable del que al tiempo estaba deseando librarse.
 
—Será hoy o nunca. Súbete a mi moto y agárrate fuerte. Ah, no te preocupes por estas dos —refiriéndose al par de amigas que se habían quedados petrificadas e incluso pintadas en el asfalto al contemplar la escena.

Tomó el asiento trasero de manera inconsciente y en apenas un relámpago la moto arrancó. Un cosquilleo de adrenalina recorrió todo su cuerpo desde la punta de sus zapatos hasta el último de sus cabellos. Pero fue una sensación diferente, algo que nunca había experimentado con anterioridad. La palabra para describirla era libertad, sí. La velocidad se iba apoderando de su cuerpo, y el viento jugaba con su melena acariciándola con un silbido vertiginoso. Ella se agarró fuertemente al joven y dejó caer sus manos en el costado. Fue como si sólo existieran él y ella, y el paisaje fuera organizándose a su paso, sólo para ellos. Dejando tras de sí puestos de fruta o terrazas de verano, mientras ascendían por angostas callejuelas por el barrio del Trastévere.

Una vez en el puerto, el entorno mutó en un lugar bullicioso donde turistas tomaban fotos aquí y allá de los grandes transatlánticos o del sol coronando la tarde con una luz cegadora. El barco de Vincenzo no tendría más de diez metros de eslora. En realidad se trataba de una lancha con una pequeña cabina en el centro para guarecerse de los rayos solares.

—He de reconocer que ha sido algo salvaje. Hacía tiempo que nadie sacaba mi lado más oculto —dijo Julia excitada—. Pero dime, ésta es una lancha para dos, y sin contar a tu prima y mi amiga, a las que hemos dejado tiradas a las puertas del hotel hará más de media hora. Estoy empezando a pensar que tenías todo planeado, pero lo extraño es que ni siquiera nos conocemos de nada. ¿Por qué este inusitado interés en mí? Porque soy americana, pues ni siquiera soy rubia como puedes comprobar. No, ya sé... Humm, no será una treta de Margot. Me la puedo imaginar diciéndote: “Hazle el favor a mi pobre amiga, ha roto con su marido y no quiere relacionarse con nadie desde un tiempo a esta parte” —se jactó con aire de suficiencia.

—Para nada es lo que tu mente malpensada está pergeñando —dijo algo enfadado por primera vez desde que se habían visto—. Óyeme bien. Como ciertamente has dicho, no nos conocíamos, pero tengo motivos para hacer lo que hago... O creo tenerlos —dudó—. Margot no me ha contado nada de ti. Simplemente no pude evitar escuchar una conversación en la que te mencionaban. Tu nombre se enquistó en mi sien como un sordo recuerdo de... Ni siquiera puedo describírtelo, tendrás que acompañarme. Los dos solos, si te fías de mí, claro —añadió con soltura.

Capri
Ella no supo qué contestar y decidió embarcarse en lo que probablemente se trataba algo que el destino le había dispuesto. En cualquier caso, estaba deseosa por conocer Capri. Todos sus conocidos le habían hablado maravillas de la isla, sus acantilados que parecían obra de los dioses o la Gruta Azul, una impresionante cueva marina.

Tardaron prácticamente toda la tarde y parte de la noche en distinguir las luces portuarias de Capri, sus recortadas costas y sus casitas blancas en el fondo, en la zona más elevada.
 
La condujo por una senda de arena definida por unos matojos que abundaban a ambos lados.
 
—Éste es el lugar que escogí para trabajar. Desconozco si Adriana te comentó a qué me dedico —explicó el joven.

—En realidad fue Margot. Ya sabes, comienza a hablar y hablar y no hay quien la detenga. ¿Eres fotógrafo, no?

—Más bien pintor. Por eso escogí esta casa cerca del mirador de la Piazzetta, donde se pueden obtener las mejores vistas. Los atardeceres se reflejan en el mar, y el horizonte semeja procurarle un abrazo inmortal. Pero desde hace unos días no pude evitar pintar algo más, flotando sobre la línea del mar. El dibujo en principio borroso fue adquiriendo cada día más cuerpo. Pero entra, no te quedes en la puerta.

Julia se quedó extasiada ante los amaneceres de porcelana y los ocasos de aguas anaranjadas labradas por los reflejos de un leve resplandor. Pero en el centro de la improvisada exposición había un lienzo que desentonaba. Le era familiar. Un rostro enmarcado por una melena mecida por la brisa y subyugado por la felicidad y el vértigo de la perplejidad. Como un acto reflejo, extrajo de su bolso un espejo de mano y se miró. “¡Dios mío, es la cara que tengo justamente ahora, congelada en ese retrato como una visión fantasmal por encima del oleaje!”

— ¡Explícame qué está pasando! Me has estado espiando ¿Cómo puedes saberte al dedillo mi cara si no me habías visto ni en fotos? ¿Acaso guardas recortes de periódico, fotos sacadas de Internet? —vociferó.

—Eso quiero hacer, si me lo permites —continuó Vincenzo apenado—. Fue el día que escuché tu nombre. Se me formó un nudo en la garganta mientras cientos, no, miles de imágenes de nosotros, de ti, de mí, montando en moto, navegando en una lancha a motor, riéndonos, mirándonos delante de mi estudio... Besándonos y... Amándonos, paseando con nuestro... —se detuvo.

—Nuestro hijo —completó ella, y una sensación de vacío la embargó en ese instante—. Bésame y no digas nada más, abrázame muy fuerte.

Vincenzo la estrechó entre sus brazos, la besó con suma dulzura y denuedo a la par. La sostuvo en el aire y la arrojó sobre el colchón. Fue el principio de un amor que estaba escrito en las estrellas, de la gestación de ese niño que ya conocía Vincenzo de sus noches de sueños, y de... Mucho más atisbó, pues recordaba con claridad toda una existencia juntos, una proyección en su cabeza de la que eran los protagonistas. Feliz, se entregó esa noche a su amada, sin poder evitar preguntarse si ya habían estado allí antes o si había vislumbrado una porción del futuro que como un álbum de vinilo va repitiendo las pistas aleatoriamente.

—Pero... —interrumpió él—. Shhh, no estropees este momento. Tenemos toda la vida para descubrirlo —sentenció ella entregándose a sus brazos bajo la efímera luz de la Luna.

En un principio, cuando las materias primas fueron elaboradas y las almas se concentraban en un único punto de luz microscópico pero más pesado y brillante que todo nuestro Universo, hubo almas que se resistieron a ser separadas de otras con las que conformaban un todo esférico y perfecto. Aún muchas se están buscando...

A la mañana siguiente dos cosas sucederían.

Julia estaba demacrada y apenas podía reconocer su semblante en el espejo. Con impresión de déjà vu, se dijo, “¡oh, demonios, qué puede importar, una noche ajetreada pero bien aprovechada!

En el Trastévere dos soñolientos barrenderos acompañados por un carabinieri no se habían visto en otra para despegar del asfalto a dos turistas que se habían quedado petrificadas, Margot y Adriana, mientras una vendedora les colocaba rosas en el cabello con más o menos acierto y que luego se encargaría de cobrar.

Fin

Juan M Lozano Gago © Todos los derechos reservados
 

lunes, 17 de marzo de 2014

Aldebarán (relato)

Dicen las viejas historias que una vez fuimos estrellas,
Ecos de luz de aquéllas que lucen ahora en la Aurora,
Puntos equidistantes que rasgan el velo en silencio,
Lágrimas flotantes que custodian los sinos en silos.

Hablan los cuentos de niños de un mapa perdido.
En la noche conectaba los destinos de la Tierra,
Embrollados y perdidos entre arroyos paralelos,
Entre vías de ida y vuelta enlazaban las esferas...

Lía, atiende a los clientes, aquellos dos quieren dos cervezas bien grandes y ya empiezan a impacientarse le increpaba el tabernero. Sin embargo, la muchacha de mirada extraviada, se pasaba las noches contemplando todas y cada una de las luces que adornaban el firmamento como si de un gran árbol de Navidad abovedado se tratase. "A quién podría importarle esos sudorosos y apestosos bellacos y malandrines que poblaban su día a día".

Lía tenía una tez tan pálida como la superficie congelada de un lago, lo que contrastaba en gran medida con sus mechones de pelo tiznados como el carbón. Siempre ausente y callada, soñaba con el gran bosque que se extendía más allá de la vieja caliza y que coronaba las Montañas Perpetuas, pero desconocía que un evento fortuito (y en realidad no tanto) terminaría por trastocar su tranquila vida.

Ya voy, ya voy contestó de mala gana, mientras traía dos jarras espumosas. Te advierto que no queda lejos el día en que verás marcharme en la primera diligencia que pare en la fonda. Pronto cumpliré dieciséis años y he decidido apuntarme a las clases de cartografía que recién comienzan en primavera. ¿Qué pensabas, que no podría ahorrar la cantidad suficiente con la mísera paga que tan generosamente me obsequias cada semana?

No te equivoques, Lía, sabes que esta vieja pensión es lo único que nos queda le espetó su tío Bob. En efecto, las vigas estaban apolilladas, los tablones del suelo en ocasiones escondían trampas para unos pies azarosos y el tejado remendado más de una vez dejaba penetrar las corrientes provenientes de las heladoras madrugadas.

¿Tanto cariño le has cogido a esta maloliente pocilga a tabaco y madera podrida? No, no lograrás convencerme para que me quede aquí contigo un año más. Además, tendrás que darme "mis piedras" y es que en realidad Lía no era la sobrina del tabernero, sino que fue encontrada por aquél en un claro del bosque junto con un saco de cristales de múltiples colores, que irradiaban una titilante luz cuando eran bañados por el fulgor de Aldebarán, la décimo tercera estrella más brillante del cielo nocturno.

Pero a pesar de estas riñas domésticas, era innegable el cariño que el anciano profesaba a la joven, y no era otro el motivo de sus excusas que el de no verla apartada de su lado. No obstante, el sabio destino tenía sus propios planes que hacían caso omiso a tío y sobrina.

Era un dos de abril cuando la taberna lucía toda engalanada de guirnaldas e iluminada por farolillos que arrojaban una tenue luz anaranjada. Los envoltorios de los últimos regalos formaban bolas de papel por aquí y por allá al tiempo que las amigas más rezagadas se fundían en abrazos de despedida, pues Lía partiría al alba. —¡Oh, Lía, echaremos de menos las acampadas y tus historias fantásticas! ¿Realmente sigues empeñada en esparcir los cristales en el claro el próximo eclipse lunar? le preguntaron con cierto tono de sorna. ¿Crees que algo inusual sucederá o quizás se abra un túnel a las estrellas?

— ¡No seas tonta, Amelia Salt! Sabes que esas piedras tienen alguna relación con mi origen, o, al menos con quien las depósito a mi lado cuando apenas contaba con tres años de edad. Y algo en mi corazón me dice que he de probarlas allí, bajo la constelación de Tauro dijo Lía, interesada en presentar como proyecto de ingreso en la academia un mapa estelar que ubicara con precisión la posición de cada una de las estrellas visibles en el pueblo de Northwind, según la estación del año.

Lía se durmió bien entrada la madrugada. Su cama consistía en unas cuantas balas de heno cuidadosamente enfundadas en una colcha de plumón, que sin ser la más cómoda del mundo, sí era la más reparadora para sus exhaustos huesos. Apiladas al lateral de un balcón, le brindaban unas magníficas vistas del horizonte y los picos que parecían poner su punto y final a la ladera del fondo de la estampa. Y al poco un sueño cobró vida, unas voces lejanas, no, no eran voces, más bien pulsos de luz convertidos en tonos, un lenguaje polifónico rico en matices.


¡Mi hijo, es mi hijo! rugía Aldebarán, uno de los príncipes inmortales de la casa de Antares. Pero no le bastaba con ser el heredero del Interreino, custodio de la dicha y desdicha de la frágil vida de los mortales, hacedor de caminos de almas, tiralíneas de invisibles e infinitas rectas que atraviesan cada uno de los Universos colindantes y subyacentes. No, no tenía suficiente con Cassiopeia, su prometida y protectora de las fronteras, sino que burló su vigilancia, desoyó sus recomendaciones. Todo por una simple terrestre, se atrevió a cruzar el borde del abismo.

Tranquilízate, Aldebarán, las cosas no han salido como estaban previstas, pero la tenemos a Ella... Hemos estado buscándola eón a eón, sin dejarnos ningún año sin escrutar, y ya estamos sobre la pista. Es lo que nos queda, para bien o para mal parpadeaba Híades, su fiel esposa.

Un súbito portazo sesgó la armonía de la noche. Un joven de cabello platino y ojos grises, vestido con una túnica de lino que le cubría las rodillas la llamaba a gritos. Lía pensó que debía de ser su tutor, ¿pero tan pronto? Aún faltaba más de una hora para el amanecer. Se vistió y cogió su saco y algunos utensilios de medición. Los crujidos de los escalones la delataron ante el extraño muchacho.

Soy Tares, me mandan de la escuela. Tú has sido una de las alumnas que me han sido asignadas para... Mmm, sí, para trazar líneas, y hacer esos dibujos que suelen tener los mapas. Partiremos algo más temprano porque haremos una parada en... Mmm, sí, en el claro del bosque de las Perpetuas relataba algo inseguro. Debemos irnos ya, el cochero nos aguarda cerca del abrevadero.

Un par de horas más tarde de que se hubieran marchado Lía y Tares, una mano nudosa aporreó el portón de la taberna. El tío Bob, soñoliento y con cara de pocos amigos, acudió al recibidor.

Lía, Lía, el maestro ha venido a por ti pero nadie contestó. El maestro, un hombre de mediana edad y barba picuda y canosa, frunció los labios y con un gesto circunspecto enarcó las cejas.

Por el camino, ambos jóvenes callaron todo lo que se hubieran dicho en otras circunstancias. Él iba pensando en las piedras o los cristales, eran el indicio que había estado esperando. Ella, sin embargo, no veía el momento de exponer las piedras a la luz de las estrellas y ver que ocurriría. Hubiera preferido sin lugar a dudas la noche del eclipse, pero no podía desaprovechar esta oportunidad.

Tardaron no más de veinte minutos en dejar la colina atrás, y una vez inscritos en el camino principal, sólo otros diez en alcanzar el bosque, donde había una pequeña casa-observatorio a disposición de los estudiantes.

Fue Tares quien rompió el incómodo silencio. Suelta las piedras justo ahí, y ahí. Ella obedeció y fue colocando las guijarros cristalinos en dos círculos concéntricos siguiendo sus indicaciones. El chico murmuraba algo para sí nervioso entretanto. Ahora colócate en el centro sentenció.

Inmediatamente, Lía, experimentó un ligero cosquilleo en el estómago que a continuación le recorría la espina dorsal. Los cristales comenzaron a irradiar una intensa luz que se descomponía en múltiples haces vectoriales. Ella pareció asustada por unas décimas de segundo, el cielo tronó y fue atravesada por líneas, la mayoría de las cuales confluían en Tares. Él la agarró violentamente por la cintura. Dime, ¿a quién le has arrebatado estos cristales? ¡Responde! Nadie como tú podría tenerlos en su poder y, sin embargo, la red cósmica que acaba de surgir nos vincula más allá de lo físico.

Ella permanecía turbada e impávida, no podía dar crédito al devenir de los acontecimientos. A qué venía eso. Los cristales le pertenecían por derecho de nacimiento, su más valiosa posesión. No sabes nada de mí, no me conoces y, sin embargo, no te percibo extraño, no te temo, y siento que... entonces el baile de luces se detuvo y ella calló.    

No podía ser ella. Su cabello, sus largos bucles de tonos castaño-rojizo no tenían nada que ver con la melena negra y descuidada de Lía, pero había algo en sus ojos, tan profundo como el abismo que había entre su mundo y el de su amada. Y por otra parte, la resolución del destino que se empeñaba en ligarlo con ella.

Pero Tares, que no era otro que el primogénito de Aldebarán, desconocía las reglas de la física que a menudo jugaban con la vida de los hombres.

Lía, esas piedras se las regalé a la mujer que elevó la mirada a las estrellas y logró captar mi luz y separarla de entre los miles de millones de luces que viajan hasta este planeta. Yo entonces me mecía en un sueño eterno, en una vida aburrida, sin estímulos, en la que el ocaso y el nacimiento de mundos se sucedían una y otra vez, en el que un instante podía durar para siempre, en el que no podía distinguirse la valía del amor, la risa, la caricia de una cascada o el olor de la hierba recién cortada. Esa mujer miró en mi alma, y el impacto de esa mirada me sacudió. Mi padre presintió mi pérdida, trató de sujetarme, de devolverme al letargo, pero ya era demasiado tarde... Y caía, caía, a la ventana que tenía ante mí, las lágrimas derramadas de mi padre encarnadas. Y le entregué estas piedras como ofrenda de mi amor y como nexo inquebrantable entre ambos. Pero tuve que regresar una última vez a mi hogar, les debía una explicación de por qué prefería una corta vida llena de emociones, una larga vida acompañada de estas sensaciones. Nos prometimos que a mi regreso te reconocería por ser la portadora de estas piedras y que tú harías lo mismo, al envolvernos los lazos irrompibles que se tejieron entre los dos. Pero no comprendo lo que pudo haber pasado y el muchacho estalló en lágrimas de plata, que anegaban su corazón de desconsuelo e incomprensión.  

Lía abrió la boca, pero inmediatamente la volvió a cerrar. No sabía qué pensar de todo aquello. Le acompañó hasta la cabaña, soltó sus bártulos y preparé el desayuno. Había traído una hogaza de pan y algo de queso, lo suficiente para los dos. Ella había esperado averiguar el secreto de su aparición en el pueblo cuando era tan solo una niña, quiénes habían sido sus padres o por qué razón la habían abandonado, pero la realidad era bien diferente.

El resto de la mañana, Tares le estuvo enseñando unas nociones básicas sobre trazado, geografía y manejo del instrumental. La condujo a la academia donde pudo intercambiar impresiones con sus compañeros, pero todos coincidían en que tenía que ser un profesor nuevo, porque nadie lo había visto antes en la región. Y volvió a soñar, de nuevo con las extrañas y familiares voces.

Aldebarán, tenemos que decírselo. Ella... Cuando ascendió (él) para comunicarnos su decisión, que viviría una vida corriente, bajo el cielo y no por encima. Fueron segundos aquí, pero años en la Tierra.

La chica murió se reafirmó Aldebarán con calma.

Pero no murió insistió la esposa.

Pero no es la misma replicó de nuevo el padre.

Aldebarán, comprende que al igual que nosotros somos, fuimos y seremos, pura esencia, los humanos en ocasiones excepcionales pueden eludir a la Muerte, si una poderosa razón les ata a su mundo, si dejaron tareas vitales inconclusas. El Universo se convierte en su aliado y conjura todas las fuerzas de la naturaleza, de la física y del Gran Hacedor en auxilio del equilibrio perdido. Lo que debió ser y no fue, queda restaurado. ¿Qué es el tiempo, sino un concepto inherente a la propia humanidad? ¿Qué más da antes o después?

Lía se despertó confusa, era y no era ella, pero qué más daba. Estaba viva a fin de cuentas, tenía toda una vida por delante y había recuperado aquello que en lo más profundo de su ser creía perdido para siempre jamás. En cuanto al saco con los cristales, había estado equivocada. Eran de él...

Se incorporó de un salto de la cama y fue a despertar a Tares, tenía que contárselo todo, lo de Aldebarán, las voces, su secreto, quién era realmente. Le tiró del brazo suavemente, pero no reaccionaba, le pellizcó las mejillas, nada. Se temió lo peor. Posó los oídos en su pecho, el corazón no le latía. El pánico se apoderó de ella.

Trotó como alma que lleva el diablo al claro, dispuso las piedras como le había enseñado Tares. La luz la invadió, la hizo sentirse más viva que nunca. Un solo haz de luz emanó de su pecho esta vez y apuntó directamente a la constelación de Tauro, hacia Aldebarán.

Ella rastreó la inmensidad del espacio, colmado de estrellas, constelaciones y galaxias. Sus ojos se empaparon de lágrimas, mientras estiraba el cuello hacia su estrella gemela hasta que su pelo se tornó bermellón. Y se dijo con voz  firme y cálida: "Si no te hallo en esta vida, lo haré en la siguiente, y si no, en la próxima o en la otra. Ya no importa, ya sé cuál es el propósito de mi existencia. Siempre seré tuya. Uno, los dos".

Mientras, Tares hacía de su búsqueda una danza de estrellas que parpadeaban en la noche de cientos de planetas, por el curso de aquel potente haz que atravesó el pecho de Lía y que le conduciría hasta ella.

Y se contaron historias acerca de su amor imposible. Pero sé que hoy en aquel pueblo llamado Northwind brillan con fuerza dos grandes faros errantes en la noche de los tiempos, a salvo del mal o la Muerte, cogidas de la mano y fundidas en un beso inextinguible,

Tares y Lía

Juan M Lozano Gago ©
 


LeAnn Rimes & Elton John
Written In The Stars
 

viernes, 14 de marzo de 2014

LA LLAMABAN LIBERTAD


















En algún lugar de una vasta región se olvidaron de sufrir,

En algún lugar de una inmensa red se olvidaron de sentir.

Y ya no saben ni su nombre, ya no saben ni sus gentes,

Atrapados en sus mieles de hiel, sólo tronos de papel...


Sólo un grito ahogado en la noche, en la lejanía,

"Corre, maldito, corre", rebota y taladra mi cabeza.

Y desconozco la razón, los motivos de tanto dolor,

Y desconozco la pasión que les privó del valor.


Corrí y corrí como si mis piernas no tuvieran dueño,

Corrí como si el azote del tiempo fuera a destiempo,

Asfaltando las parcelas de mi inocencia y confianza,

Hacia los páramos vírgenes a salvo en la distancia.


De la tierra de mis hermanos, ¡oh, sí, mis hermanos!

De la tierra de los espejos de arena, donde no da el sol,

De la tierra de la gente feliz, que olvidaron de escuchar,

De la tierra donde hay sombra porque el día no oscurece.


Y escapé de las artes de su embrujo, de sus huecas ordalías,

De sus vertidos de cal y arena, de sus sonrisas de hiena.

De titanes fueron sus manos, que invisibles se cerraban,

Que horadaban mis oídos y enterraban mis sentidos.


Y me marché de su tierra estéril, de su abono inútil,

De palabras vanas, de aquelarres infernales.


Mas lo divisé en los piélagos, en los abruptos riscos,

Golpeando con su cresta de espuma y sal los salientes,

Mas lo avisté en la calcárea tundra, esculpiendo matices,

Ultimando los ígneos detalles de tan heroico bailoteo:


Si los opuestos se quieren, se necesitan y se complementan...

¿Qué es la vida sin la muerte, del placer y el goce sin tormento?

¿Qué me dices del amor sin la ira, el desprecio o el rencor?

¿Cómo crecer sin recuerdos, sin zozobras o lamentos?


Mas me desperté de ese sueño, de esa pesadilla de ensueño

U optimismo exacerbado por decreto, de fingidos pigmentos,

De cariños espurios, y adalides de cuento sin quiebro,

Equipando la empatía que me negaron las sombras.


Ahora sé su nombré, ahora conozco nuestro verdadero hogar,

Donde se forjan los valientes, donde se escribe con sangre su gesta.

Y alcancé finalmente la fría caliza, desprovista de enseres y casas,

Y planté allí mi estirpe, tendido y sediento, bajo baños de Luna.


Una mujer de cabellos argénteos me despertó, me deslumbró y me habló.

"¡Oh, hombre de corazón insondable que ansía hallar el secreto de la vida!

Has llegado muy lejos, huido del mundo de esferas vacías, de seres de metal.

Has abierto una herida en tu corazón, que ya nadie ni nada podrá cerrar.


Pues conoces la verdad de verdades de la esencia del existir, 

Única e inmutable, con sus dos caras, sin renegar de ninguna".


Como una flecha de luz se hincó en mi pecho, 

Atravesado por el más intenso dolor-amor,

Sucumbí a sus besos de fuego y heno,

Mis pupilas agrandadas abrazaron su faz,


La llamaban Libertad.

Juan M Lozano Gago ©


 
Duncan Dhu - En Algún Lugar
 

miércoles, 16 de octubre de 2013

EL LIENZO













En la cueva de mi solitud coloreé una tenue sonrisa,

Un destello desde mi almohada la encendía cada día,

Con resuello la extrañaba, subrayada en mis pupilas,

Perfilaba sus cabellos con perfecta geometría...
 

En la cueva de mi cerrazón te estudiaba entre sueños,

Despertando mis instintos al anclar un nuevo día

Un proyecto de perfil con pisadas decididas,

Un esbozo del futuro con mi brocha dibujada...
 

En la cueva de mi sinrazón los rayos del astro Sol

Los tapaba la caliza siempre fría y siempre limpia,

Y entre grises deslucidos adivinaba aguamarinas

Cada trazo en simetría, con tu faz me estremecía.
 

En la cueva de mi ensoñación un reguero se vertía

De Aguas claras, de aguas puras, vespertinas y

Complacidas se colaban por la grieta del talud

De mi ventana, allá en el techo de guijarro...
 

Presté atención a su fulgor que el mismo Sol les regaló,

Y en el cedro de mi lienzo su paleta derramó,

Incredulidad con estupor, los colores descubrí,

Añil mi manta, roja la llama de mi viejo candil.
 

Y allí estaba el lienzo, resplandeciente con la fuerza de cien soles,

Reflejando mil razones que colmaban su extensión, y una cara  

De ojos profundos, instruidos en la savia, se metían con ternura

En rendijas de mis poros, sacudiendo mis sentidos, con cinceles

Afilados...
 

Y bajo el atril del blanco lienzo, mis pinturas relegadas,

Una fronda bermellón, siena y naranja, sus discípulos.

Como un crío dispuse las mezclas, empeñado en revelar

A la dama de ojos claros en mi memoria algo dormida.
 

Primero fue su pelirroja melena con su caída ondulada,

Luego sus labios carnosos que añoraban largos besos,

Con su nariz respingona que se enredaba en mis cabellos,

Mientras se sentaba en la mar aguardando mi regreso...
 

¿Del mar? Mi cabeza daba vueltas, y mi tórax anegado

Apenas un grito me brindaba, volteando los corales.

En la fosa abisal los minutos fueron horas y las horas,

Eternidades que nublaban mi horizonte,
 

Era el lienzo mi única ancla, una mano sumergida

Que intentaba alcanzarme, luché por asirme a ella,

Aturdido por alarmas que anunciaban un naufragio.

Mas intuí que mi cueva había sido un lecho y mi lienzo...
 

¿Quién era la bella mujer del retrato de mis sombras?
 
¿Qué me arrastró a pintarla o, mejor dicho, por qué?
 

De pronto la espuma acarició mi mentón, y el calor penetró en mi ser,

La extraña me sujetaba con fuerza, tiraba de mi brazo hasta romperse.

La calidez de su aliento se adentró hasta inundar el último recoveco

De mis pulmones con su fragancia a tulipán recién cortado.
 
 
Tomé una bocanada de aire fresco,

Para sumergirme de nuevo en el calor

De sus besos, en el fragor de la batalla.

Tras un gesto de negación de sus cejas,

Sus palabras silbaron en mi oído:
 

“Te esperaba desde hace años,

Todo me fue revelado en sueños,

Intrépido aventurero que regresa

De entre los muertos”.
 

...Aquél que te vea con el corazón,

El que camine entre sombras,

Y te dibuje sin color,

Desprovisto de Sol,
 

Logrará ver tu mano extendida

Cuando la muerte se cierna

Entre los dos.
 
Y así fue como se salvó de morir ahogado, de caer en las fauces del mar, su cueva, logrando ver por encima de la línea del mar a la diosa de sus sueños. Mas caminaron por la playa, y hablaron largo y tendido, de sus vidas y emociones hasta que la Luna se bebió las mareas, hacia la noche con alas eternas, hacia la atalaya del espigón más alejado... pero eso es otra historia.
 
JUAN M LOZANO GAGO ©
 


STARSHIP - Nothing's Gonna Stop Us - Lyrics/HQ